El sol sale por el horizonte, regalándonos un nuevo día. Estamos al sur, muy al sur, mucho más cerca de uno de los polos de lo que está cualquier parte de nuestra querida España del Polo norte. Nos encontramos rodeados de aguas frías, aguas que embisten contra el casco de nuestro buque, como revolviéndose contra un intruso, que ha entrado en sus dominios sin permiso, y sólo la experiencia del buque y su dotación son los que hacen que sigamos navegando con seguridad, rumbo al siguiente puerto.
Nos sigue entrando viento por la popa, impulsándonos hacia nuestro objetivo, pero hasta el viento nota nuestra intromisión, y nos sacude con frías rachas, como si intentara espantarnos de la cubierta y romper las mentes de las almas aquí embarcadas. Sin embargo, igual que el libre mar, se ve superado por nuestra fortaleza mental, disciplina y, porque no decirlo también, nuestras ansias de llegar a destino y conocer una tierra desconocida a nuestros ojos.
Pues, al fin y al cabo, estamos en aguas infestadas por animales desconocidos, tormentas o incluso, el mismo fin del mundo, como pensaban antiguamente los pueblos. Pueblos que nacieron y murieron mucho antes de que España fuera aún siquiera un pensamiento. Y aún así, no fueron otros que nuestros antecesores los que, enfrentándose a lo desconocido, armados sólo por su inquebrantable fe, llegaron hasta estas mismas aguas.
Y nosotros somos sus sucesores, el ejemplo viviente del espíritu de esos marinos, su fuerza de voluntad, su curiosidad y su ambición. Nosotros somos los siguientes, los herederos de su legado y su voluntad.
No podría acabar este diario sin saludar a todos los familiares y amigos que están siempre apoyándonos a pesar de la distancia.
Y encomendándome a la Virgen del Carmen por que nos guíe y lleve a salvo al siguiente puerto.
En la mar, a bordo del B/E "Juan Sebastián de Elcano" a dieciocho de marzo de dos mil veintitrés. GM MARTÍNEZ DEL PINO.